¿Te gusta el contenido?

Seguidores

sábado, 5 de enero de 2008

Dos, tres segundos queman horas, meses, años, una vida...


Dos segundos no es nada. Eso no es tiempo. ¿Qué puede hacerse en dos, tres segundos?

Tres segundos no es nada. Más demora abrir los ojos al despertar, suspirar, expirar, suspirar, expirar, suspirar, expirar. Nada cambia en dos, tres segundos. Encender y llevar un cigarrillo a la boca toma más tiempo que eso. Cuento, lo enciendo... uno, dos, tres, cuatro. Suspiro, uno, dos tres, cuatro... expiro.

Tres segundos no es tiempo, no alcanza a distinguirse el espacio, colores, tamaños, aromas. Peribir un murmullo e identificar de dónde viene, qué es, toma mucho más que eso. Pensar, idear, encontrar la palabra exacta, toma más que dos, tres segundos. Escuchar un llamado a la espalda y volver sobre el paso para saber de quién se trata, toma mucho más que eso. Cuento, uno, dos, tres, cuatro, cinco.

Dos segundos no alcazan para nada, una acción, traer a la memoria, conciliar el sueño, marcar un número telefónico, beber y tragar un poco de vino, arrancar una flor, detener el bus, recepcionar y reaccionar ante una noticia, sentir alegría, tristeza, toman algo más que dos segundos. Un segundo tiene cien milésimas de segundo. Detenerse y observar cómo transcurren en un cronómetro es un absurdo, casi no se distingue su paso.

Cinco años, nueves meses y siete días es algo más que dos, tres segundos. Eso es tiempo. ¿Qué es imposible hacer en cinco años, nueve meses y siete días?

Cinco años es mucho. Puedes abrir los ojos y sentir el tiempo que te ha tomado, suspirar, expirar, suspirar, expirar, suspirar, expirar una y otra vez contándolas. Todo cambia en cinco años, nueve meses y siete días. Encender, llevar un cigarrillo a la boca y conversar quince minutos. Cuento, lo enciendo, recuerdo, uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis... quince minutos. Veinte cigarrillos cada dos días, amando cinco años, nueve meses y siete días. Expiro.

Cinco años, nueve meses y siete días es tiempo. Alcanzan a distinguirse espacios, colores, tamaños, aromas. Percibir un murmullo, identificar de dónde proviene, qué es. Se puede pensar, idear, encontrar y decir la palabra exacta a la persona exacta. Escuchar su llamado a la espalda y volver sobre los pasos sabiendo de quién se trata. Ir y abrazale sin dudar. Cuento, sin dudar, cinco años, nueve meses y siete días.

Cinco años, nueve meses y siete días alcanzan para todo, acciones, traer mil cosas a la memoria, conciliar cada día el sueño y despertar, marcar infinitas veces un número telefónico, beber incontables copas de vino y emborracharse, arrancar árboles, construir un jardín, abordar un bus, llegar a Valparaíso, casarse, amarse, soñarse, abrazarse, besarse y no sentir el tiempo.

Un año tiene trecientos sesenta y cinco días. Detenerse y observar cómo transcurren es en absurdo, casi no se distingue su paso amando, viajando, fumando, besando, bebiendo, construyendo. No se siente el tiempo.

Cinco años, nueve meses y siete días desaparecen cuando se olvida... en dos, tres infinitos segundos...

SALUD...




Era un día en que todo brillaba...


El sol caliente, amable, ilumina de manera pasional el paisaje alucinanate. Locus amoenus -pensé enseguida.- así han de haberlo visto o imaginado también los románticos. Juego con el tiempo.

Caminé dos horas, quince minutos y cuatro segundos cuando, de pronto, encontré el lugar de mis sueños. Maravilloso. Siniestro y maravilloso. Paraje nunca antes visto ni mucho menos recreado por mi imaginación. Temor, fue la primera sensación que experimenté, hoy, luego de cinco años, nueve meses y trece días, no puedo negarlo. Cobardía, sin duda. Pero mis anteriores intentos me llevaban continuamente a justificar aquella emoción contradictoria, pues no hubo día en que no deseara contemplarlo. Como decía, así apareció ante mí. Extenso, abierto, verde a la saciedad, puro, confiable, tierra fértil y perfecta para mi habitación.
Me quité la ropa al instante sabiendo que nadie más existía y que sólo yo ocuparía sus rincones. No puedo explicar la dicha que todo esto me proporcionaba. Lo recuerdo todo con tal exactitud que ahora, a cinco años, nueve meses y trece días, rememorando, me parece estar nuevamente en su gracia.
En el último tramo un camino infinito invitaba a un gran bosque que, según decían, los que en él se adentraban no volvían a salir con vida. Esas palabras aparecieron en el mismo momento en que decidí internarme. Pero claro, nada me importó. Sin demora me propuse recorrer cuanto pudiera antes que cayera la noche y la luna me obligara a buscar refugio. Desconozco lo que anteriores aventureros encontrasen en el lugar, sólo puedo decir que mi experiencia fue inolvidable, que la naturaleza era en extremo abundante y su generosidad sin límite. Entenderán entonces, que nada me hizo presagiar lo que más tarde ocurriera.
Entonces. Por cinco años, nueve mese y siete días fui el único habitante de aquella hermosa isla. Aunque a decir verdad, nunca supe exactamente si aquello era cierto y lo que es peor, no tuve jamás intención de corroborarlo. Comía, construía, crecía y jugaba en medio de la naturaleza más deslumbrante que ser humano alguno pudo imaginar. La felicidad dejó de ser un concepto y pasó a ser la materialización de cada mañana, noche y pensamiento que maquinaba. Pero, no quiero mentir, pensar fue una de las actividades que realicé con menor laboriosidad. Es que no había necesidad, salvo para caer en cuenta de la maravilla y de hacerme consciente de la dicha que vivía sin comprender el por qué de su merecimiento. Pero no pasó demasiado tiempo para que lo entendiera. O mejor dicho, el tiempo que me tocó vivir en ella sólo cultivó mi esperanza sin precaver ningún fin. Como dice mi buen amigo Buster, "la alegría es un pequeño sueño de la noche y la noche padece insomnio."
Aquel día del 28 de diciembre de 200... la suave luz del sol me despertó como siempre. Lavé mis partes, pues aún no perdía las costumbres de la ciudad, y me serví las yerbas que quedaron de la noche anterior. Qué día más límpido. El movimiento de las aguas rompía con sus reflejos resaltando el color moreno intenso que había adquirido durante mi estadía. Ya no recordaba lo que era cubrirse, mi cuerpo se me aparecía como un fragmento más del paisaje total. Y sumergido en esta idea, fue cuando le vi...


Ciudad de Santiago; 4 de enero de 200...


PD: La puta que la parió...